no se detuvo mientras yo estaba preso.
Siguió comprando pan.
Siguió pintando fachadas.
Siguió dejando que Reagan viviera en la casa de mi padre.
—¿Lo vio la última vez? —pregunté al fin.
Walter apretó el volante.
—A tu padre.
—Sí.
—Hace once meses.
Mi corazón golpeó una vez.
Fuerte.
—Entonces después de su supuesta muerte.
—Sí.
Tuve que sujetarme al asiento.
—¿Dónde?
—En el cementerio. De noche. Estaba más delgado. Muy enfermo o muy cansado, no lo sé. Pero caminaba. Hablaba. Me entregó el sobre, la llave y dinero. Mucho