La de ella, por lo visto, también debía estar dentro del mismo periodo.
El viento levantó su bufanda blanca. Ella la sujetó con una mano y me miró.
—¿Y tú, hermana? ¿Cuánto llevas casada?
—Tres años.
Sus ojos se abrieron.
—¡Qué coincidencia! Entonces ambas somos esposas veteranas.
Veteranas.
Casi me reí.
Si tres años de matrimonio eran una guerra, yo acababa de descubrir que estaba peleando en el bando equivocado.
—¿Tienes fotos de tu boda? —preguntó Sofía con entusiasmo.
Mi mano se cerró alrededor del teléfono.
—Sí.
—¡Enséñame!
La miré.