Colgué el teléfono y me quedé mirando el reflejo de mi rostro en el cristal oscuro de la escotilla.

que emergía desde el recodo de la escalera.

Alejandro se detuvo a tres pasos de distancia.

En la penumbra del corredor, iluminado únicamente por los apliques dorados de luz indirecta, su uniforme blanco de gala parecía una mortaja inmaculada.

El cuello rígido de la guerrera le apretaba la manzana de Adán, que subía y bajaba con una deglución seca y trabajosa.

—Dame esa carta, Clara —pidió él, pero su voz ya no tenía la resonancia marcial de antes; sonaba rasposa, como si hubiera tragado ceniza de trinchera.

—No tienes autoridad