Colgué el teléfono y me quedé mirando el reflejo de mi rostro en el cristal oscuro de la escotilla.

aquí, coronel —respondí, cruzando los brazos sobre mi pecho para que no viera cómo la tela de mi blusa vibraba con cada latido desbocado de mi corazón—. Este yate pertenece a la fundación de armadores navales para la que trabajo. Eres un invitado civil en este viaje, igual que yo soy una empleada encargada de la logística.

—Ese niño lleva mis ojos —soltó él, dando un paso adelante que redujo la distancia a un suspiro, invadiendo mi espacio con ese aroma a colonia de sándalo y tabaco rubio que durante