garrafal, Alejandro.
Él no pestañeó; el silencio entre los dos se volvió tan fino que podía escuchar el rumor sordo de las hélices del barco cortando las corrientes profundas del golfo.
—¿Qué error? —preguntó, y el aire que expulsó olía a miedo puro.
—Pensaron que tu madre era una anciana vulnerable que solo rezaba el rosario en su sillón de ruedas —dije, deslizando los dedos hacia el bolso que colgaba de mi hombro—. No contaron con que doña Elena guardaba los duplicados de las bitácoras de correspondencia en una caja