Colgué el teléfono y me quedé mirando el reflejo de mi rostro en el cristal oscuro de la escotilla.

de seguridad del Banco Agrícola de Xalapa, bajo el nombre de soltera de mi abuela.

Alejandro extendió una mano temblorosa hacia mi brazo, pero detuvo los dedos a un centímetro de mi piel, como si temiera que el contacto físico lo quemara.

—Clara… si lo que estás diciendo tiene un solo gramo de verdad…

—No me toques —le advertí con un susurro que cortó el aire como un bisturí—. Hace cinco años me arrojaste a la calle bajo la lluvia, con dos maletas de ropa y una escolta de policía