militar asegurándose de que no pisara la zona residencial del regimiento. Me llamaste ramera frente a tus suboficiales. Me dejaste sin seguro médico cuando apenas faltaban semanas para que el corazón de Lucas empezara a latir en mi vientre.
Los ojos grises del coronel se llenaron de un brillo acuoso que luchó desesperadamente por contener; las mandíbulas se le tensaron hasta dibujar dos cordones duros bajo la piel pálida de sus mejillas.
—Yo no sabía… Dios mío, Clara, te juro por el uniforme que llevo puesto que no sabía que