Colgué el teléfono y me quedé mirando el reflejo de mi rostro en el cristal oscuro de la escotilla.

estabas embarazada…

—No sabías porque decidiste confiar en los expedientes membretados antes que en la mujer que te curó las heridas de bala en la espalda en aquel hospital de campaña —sentencié, sintiendo que la rabia vieja se transformaba en un hielo duro y afilado dentro de mis venas—. Y ahora vas a tener que seguir viviendo con esa ignorancia un poco más, porque esta noche no vas a armar una escena que espante a los inversores de la naviera.

El sonido metálico de unos tacones sobre la escalerilla nos