desmoronó por completo; sus labios se arquearon en una mueca de desprecio amargo mientras daba dos pasos cautelosos hacia la puerta del camarote donde descansaba mi hijo.
—Fuiste muy estúpida al traer a ese bastardo a bordo, Clara —susurró ella, bajando el tono hasta convertirlo en un silbido ponzoñoso—. Creíste que con unos ojos grises y una baratija de plata ibas a recuperar el lugar que perdiste por no saber callar la boca en el momento oportuno.
Apreté la correa de mi bolso con calma gélida, sin retroceder un milímetro.