presa herida que un hombre entrenado para la persecución como Alejandro sabría rastrear al instante.
Descendí por la escalerilla que comunicaba la cubierta principal con el salón de proa, escuchando a mi espalda el siseo amortiguado de una discusión entrecortada que intentaba no reventar frente al vicealmirante que reía junto a la barra de cócteles.
—¡Alejandro, no la sigas, nos están mirando los ministros! —escuché el susurro desesperado de Valeria, un bufido ahogado por la música ambiente de violonchelos.
El sonido seco de los pasos firmes de Alejandro la ignoró