Colgué el teléfono y me quedé mirando el reflejo de mi rostro en el cristal oscuro de la escotilla.

por completo; sus suelas de cuero golpearon el primer escalón metálico antes de que yo alcanzara la alfombra azul marino del corredor inferior.

Al entrar en el camarote privado número cuatro, el olor a madera de caoba pulida y aire acondicionado estéril me envolvió como una celda de lujo.

Sofía estaba sentada junto a la litera doble, ayudando a Lucas a encajar las piezas de un rompecabezas de animales marinos sobre una manta de lana gris.

Lucas alzó la cabeza de inmediato, y esos ojos tormentosos, idénticos a los del