Colgué el teléfono y me quedé mirando el reflejo de mi rostro en el cristal oscuro de la escotilla.

carta no se abre aquí —sentencié, guardando el documento en el compartimento secreto de mi bolso de piel con un movimiento deliberado y calmo—. Ni tú estás en condiciones de leerla con una copa de malta en la mano, ni este yate de recreo es el cuartel donde puedas exigir explicaciones a golpe de bota.

Di media vuelta sobre mis talones, sintiendo el crujido suave de la madera de teca bajo la suela de mis sandalias.

No corrí.

Caminar con prisa hubiera sido una señal de vulnerabilidad, un rastro de