Colgué el teléfono y me quedé mirando el reflejo de mi rostro en el cristal oscuro de la escotilla.

hombre que venía pisándome los talones, brillaron con la ingenuidad más pura.

—Mamá, ¿el señor del uniforme es amigo del abuelo? —preguntó el niño, sosteniendo una pieza con forma de delfín entre sus pequeños dedos regordetes.

Un nudo apretado y caliente se me formó en la base de la tráquea.

Cinco años de noches en vela en aquel departamento húmedo de Veracruz, contando los centavos de mi sueldo como archivista judicial mientras preparaba papillas de avena con leche rebajada, cayeron sobre mis hombros con el peso de una losa de