A las seis y media llegué al departamento como si no supiera nada.
Daniel estaba sentado en el sillón con una camisa blanca, nervioso, frotándose las manos. Cuando me vio, se levantó y me entregó una cajita.
—Feliz cumpleaños, Mari. Y… perdón si he estado raro estos días.
Dentro había un dije pequeño. Lo abracé sin ganas de pelear. En ese momento no sentía odio por él. Sentía decepción.
Teresa salió de la cocina con un vestido azul marino y una expresión solemne.
—Siéntense. Falta la invitada principal.
Daniel frunció