al chofer en su lugar.
Aquella tarde decidió que nunca volvería a necesitar a nadie.
Ahora acababa de hacerle sentir lo mismo a una niña.
Su teléfono sonó.
Era Ricardo Salcedo, su director de operaciones y hombre de confianza desde hacía 18 años.
—Tenemos problemas con el proveedor de transporte.
Sigue negándose a firmar las nuevas condiciones.
Ya mandé hablar con su hermano y parece que está cambiando de opinión.
Alejandro conocía perfectamente aquella expresión.
Durante años había permitido que Ricardo utilizara amenazas para cerrar acuerdos.
—Deja tranquila a su