mirar hacia la entrada.
—Todavía puede aparecer.
Sonreí.
—No sabe que me voy.
—Cuando se entere va a volverse loco.
Miré la puerta de embarque.
—Ese ya no es problema mío.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de mi director de tesis.
«Elena, surgieron nuevas pruebas sobre Camila. Necesitamos hablar antes de que embarques».
Debajo llegó otro.
Esta vez era de Adrián.
Solo tres palabras.
«¿Dónde estás?»
Lo miré.
Después bloqueé su número.
Y entregué mi pasaporte.
Porque él había tenido veinte años para saber quién era yo.
Si una sola