unos segundos.
Después desaparecieron.
Carmen dejó el móvil sobre la mesa.
A las 21:00 ya no sentía enfado.
Sentía miedo.
Especialmente por Diego.
Él tenía 31 años y había sido quien peor soportó la marcha de su padre.
De adolescente faltaba a clase, discutía con profesores y había acumulado decisiones de las que después se avergonzaba.
Durante años, algunos familiares hablaron de él como si su futuro estuviera decidido.
Carmen jamás lo hizo.
Siempre repetía lo mismo:
—Una mala etapa no decide quién vas a ser toda tu vida.