permanecía despierta hasta escuchar la llave en la puerta.
Diego siempre había sido el hijo que más miedo le daba perder.
El coche entró finalmente en el aparcamiento de un centro cívico donde sus hijos habían practicado deporte de pequeños.
Carmen reconoció enseguida los vehículos.
El coche de Álvaro.
La furgoneta de Rubén.
El utilitario de Lucía.
El de Irene.
El de Mateo.
Estaban todos allí.
Cuando entró en el salón principal, se encendieron las luces.
Había globos, fotografías familiares y una enorme pancarta:
«FELICES 60, MAMÁ».
Sus 5 hijos