antigua podía llevar tiempo.
Cancelé la tarjeta adicional y cambié las contraseñas que mi familia conocía.
Iván llamó desde un supermercado.
—La tarjeta no funciona.
—La he dado de baja.
—¿Y cómo pagamos?
Oí a uno de los niños preguntar si podían llevar yogures.
Tuve que apretar el teléfono para no ofrecerme a hacer una transferencia.
—Con vuestra cuenta.
—Te estás volviendo una egoísta.
Colgué antes de que volviera a utilizar a mis sobrinos.
Aquella semana alquilé una habitación cerca del trabajo.
Por las noches repasaba los papeles de mi