Mi madre cambió la cerradura de la casa que yo pagaba. Al volver del trabajo, me dejó la cena en el patio: “Tú entras cuando dejes de oler así”. Mi padre me oyó suplicar y tampoco me abrió la puerta.

antigua podía llevar tiempo.

Cancelé la tarjeta adicional y cambié las contraseñas que mi familia conocía.

Iván llamó desde un supermercado.

—La tarjeta no funciona.

—La he dado de baja.

—¿Y cómo pagamos?

Oí a uno de los niños preguntar si podían llevar yogures.

Tuve que apretar el teléfono para no ofrecerme a hacer una transferencia.

—Con vuestra cuenta.

—Te estás volviendo una egoísta.

Colgué antes de que volviera a utilizar a mis sobrinos.

Aquella semana alquilé una habitación cerca del trabajo.

Por las noches repasaba los papeles de mi