Mi madre cambió la cerradura de la casa que yo pagaba. Al volver del trabajo, me dejó la cena en el patio: “Tú entras cuando dejes de oler así”. Mi padre me oyó suplicar y tampoco me abrió la puerta.

empezó a llorar.

—No puedes dejarnos sin casa por algo que pasó hace tanto.

—El jueves cambiaste la cerradura.

Eso también pasó.

Se secó la cara con la servilleta.

—Estaba enfadada.

—Yo estaba fuera.

Nadie dijo nada.

Después Iván preguntó de cuánto dinero dispondrían para buscar un alquiler.

—Del vuestro —respondí.

—No tengo nómina.

Sonia dejó la cuchara sobre el plato.

—Puedes llamar al almacén.

Te dijeron que seguían necesitando gente.

Mi hermano le pidió que se callara.

—No —dijo ella—.

Yo puedo ampliar horas.

Pero tienes que llamar.

No