Mi madre cambió la cerradura de la casa que yo pagaba. Al volver del trabajo, me dejó la cena en el patio: “Tú entras cuando dejes de oler así”. Mi padre me oyó suplicar y tampoco me abrió la puerta.

encontraba trabajo.

Luego mi madre decidió que los niños necesitaban mi dormitorio.

Mis cosas terminaron en una habitación junto al garaje, donde apenas cabían la cama y el armario.

Aquella noche miré el táper y ni siquiera pude abrirlo.

—Mamá, abre.

Estoy agotada.

Se asomó por la ventana del patio.

—Aprende a hablarme antes de dar órdenes.

La discusión había empezado el domingo, cuando descubrí que Sonia había usado mi tarjeta adicional para comprar un televisor de 899 € y reservar un hotel.

—Era para una emergencia —le había dicho.

Mi