madre respondió que llevar las cuentas con tanta precisión era una forma de humillar a la familia.
Ahora sostenía el blíster de mi padre entre los barrotes.
Él vino a recogerlo.
—¿Vas a dejarme aquí? —pregunté.
Miró hacia el salón.
—Mañana lo hablamos, hija.
Cogió las pastillas y volvió dentro.
Desde la cocina oí a Iván:
—Déjala.
El recibo lo seguirá pagando.
Me fui con la ropa de trabajo puesta.
En un hotel junto a la autovía pagué una habitación y llamé a Inés, la abogada que había revisado la