norte.
—No debería caminar así —dijo Elias.
Ella no respondió.
Dio el primer paso.
Luego otro.
Elias permaneció junto al pozo mientras la veía alejarse bajo el calor.
En pocos minutos, la ondulación del aire terminó tragándose su figura.
Él miró durante un rato el horizonte vacío.
—Bueno —murmuró—. Supongo que ahí termina esto.
Se equivocaba.
Aquella noche reparó varios tablones del corral, alimentó a los caballos y regresó a la casa.
Antes de dormir abrió el pequeño libro donde llevaba las cuentas del rancho.
Debajo de los gastos de