El vecino gruñón que nos enseñó a sentarnos con el miedo.

el sonido.

Yo fingía dormir.

No porque no me doliera. Me dolia demasiado.

Pero durante el día ella tenía que sostenerme a mí, la casa, las llamadas, las visitas, las frases torpes de los demás. La noche era el único lugar donde podía derrumbarse sin sentirse culpable.

Así que me quedaba quieto.

Con los ojos cerrados.

Y le dejaba a su dolor una habitación propia.

Una tarde llamó a la puerta don Julián.

Vivía en el piso de abajo. Tenía 69 años, pocas sonrisas y la costumbre de quejarse por