El vecino gruñón que nos enseñó a sentarnos con el miedo.

todo: las bolsas mal puestas, el portal abierto, el ascensor ocupado demasiado tiempo.

En el edificio muchos lo consideraban un hombre difícil.

Lucía abrió.

Don Julián no traía flores. No traía tarjeta. No traía esa cara solemne que la gente se pone cuando va a visitar a un enfermo.

Traía una bolsa de papel.

“¿Diego puede tomar un poco de té?”, preguntó.

Me reí.

Fue mi primera risa verdadera en semanas.

Don Julián se sentó conmigo en la mesa de la cocina. Sacó una sartén, una botella térmica y unas