El vecino gruñón que nos enseñó a sentarnos con el miedo.

historia. Si leíste la primera parte, ya sabes que aquella noche no me salvó una frase bonita. Me salvó una mesa pequeña, una sopa tibia y un vecino gruñón que se quedó sin intentar arreglarme la vida.

Una vez porque había comprado pan de más.

Otra porque le sobraba caldo.

Otra porque quería preguntarle a Lucía si ella también había oído “ese ruido indecente” del ascensor.

Siempre traía una excusa.

Y siempre se quedaba.

A veces hablábamos mucho.

A veces no hablábamos casi nada.

Él se sentaba en la silla