antes.”
Lucía nunca había comprobado qué había detrás de aquella tarjeta. Imaginaba 300 €, quizá 500 €. Algo simbólico.
Pasó la noche en una cafetería de estación abierta 24 horas, estirando un café y fingiendo que esperaba un tren.
A las 8:30 del día siguiente, entró en una sucursal bancaria. Un empleado llamado Álvaro revisó la tarjeta, tecleó durante varios minutos y dejó de sonreír.
Después acercó una silla.
—Señora Serrano, siéntese, por favor.
Lucía sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Hay algún problema?
Álvaro giró lentamente la pantalla hacia