Dos días antes de Navidad, bajé a la cocina y descubrí que mis padres ya habían preparado mi maleta para echarme de casa. Ellos cenarían bajo un techo caliente; yo tenía 22 € y ningún lugar adonde ir. “Estás desesperada”, dijo mi madre. No discutí: me fui y, a la mañana siguiente, entregué al banco una tarjeta de mi abuelo. El director palideció al abrir la cuenta

anotación que debería conocer.

Abrió el historial interno de la cuenta. Aproximadamente 2 años después de la muerte de Joaquín, alguien había acudido a esa misma entidad intentando obtener información sobre los fondos. El banco no facilitó ningún dato porque esa persona no figuraba como titular ni autorizada.

Lucía sintió un frío distinto al de la noche anterior.

—¿Quién fue?

Álvaro dudó un instante antes de responder.

—Su padre, Antonio Serrano.

Durante unos segundos, Lucía no dijo nada.

De pronto recordó demasiados detalles: la insistencia de Antonio durante los últimos