orgullosa, sin imaginar que esas mismas personas un día me cobrarían mi bondad con desprecio.
También ayudaba a mis padres. Pagaba parte de su seguro, algunos medicamentos, la reparación de la camioneta de mi papá, la tarjeta del supermercado de mi mamá. Cuando Verónica se casó, yo pagué casi toda la fiesta porque no quería que empezara su vida sintiéndose menos que nadie. Durante años fui la hija fuerte, la hermana útil, la que resolvía sin pedir aplausos.
El sábado que partió mi vida en dos, Joaquín llevó a Mateo