comida para los perros y una lista con su horario.”
Esa frase me revolvió el estómago. Ni una sola vez me preguntó si quería, si podía o si tenía algún plan.
Terminé la llamada con un “ya veremos”, que ni siquiera intentó descifrar.
Por la tarde, preparé una maleta mediana, elegante y práctica a la vez. Metí vestidos ligeros, medicamentos, dos novelas, una libreta y la bufanda azul que usé el día que conocí a Julián.
No me iba por odio. Me iba porque, incluso durante los buenos años, había