dependía de él.
Durante cinco años había escondido mi apellido, mi profesión y el patrimonio de mi familia. Quería demostrar que podía construir un matrimonio sin privilegios.
Aprendí a cocinar sus platillos favoritos, cuidé a su madre después de una operación y pasé noches enteras ayudándolo a revisar contratos.
Incluso renuncié a una importante oportunidad profesional porque Alejandro decía que una esposa debía darle prioridad a su hogar.
Nunca fue suficiente.
—¿Vas a disculparte o no? —insistió.
Miré nuestra fotografía de bodas sobre la mesa. Recordé lo feliz que había