Llevaba cuatro horas de vuelo, de regreso a casa después de cinco días de viaje de negocios, cuando algo tibio me rozó el codo. Bajé la vista y vi cinco dedos descalzos apoyados sobre mi reposabrazos. Por un instante pensé que lo estaba imaginando. Entonces me llegó el olor.
Una conversación que no llevó a ninguna parte
Me giré. Detrás de mí viajaba un hombre de unos cuarenta y cinco años, con un reloj caro, auriculares y los zapatos tirados bajo el asiento. Después descubriría que se llamaba Gustavo, y