Mi marido me dejó congelándome durante tres días en una cabaña aislada y después llamó como si nada: “Pide perdón y mandaré a buscarte”. En lugar de obedecer, activé un comunicador que mi familia me había entregado cinco años atrás. Cuando su mayordomo apareció con los documentos del divorcio, estaba seguro de que yo no tenía escapatoria. Hasta que escuchó los motores acercándose…

sido aquella mañana.

—Alejandro —susurré—, ¿sabes qué es lo que más me duele?

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—Otra vez con tus dramas.

—Que durante cinco años confundí tu indiferencia con una forma difícil de amar.

Escuché su respiración impaciente.

—Cuando regreses hablaremos del divorcio.

—No hace falta esperar. Quiero divorciarme.

Antes de que pudiera responder, terminé la llamada.

Saqué un encendedor, prendí fuego a nuestra fotografía dentro de la chimenea apagada y observé cómo nuestros rostros se convertían en cenizas.

Después busqué en el fondo de mi