sido aquella mañana.
—Alejandro —susurré—, ¿sabes qué es lo que más me duele?
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—Otra vez con tus dramas.
—Que durante cinco años confundí tu indiferencia con una forma difícil de amar.
Escuché su respiración impaciente.
—Cuando regreses hablaremos del divorcio.
—No hace falta esperar. Quiero divorciarme.
Antes de que pudiera responder, terminé la llamada.
Saqué un encendedor, prendí fuego a nuestra fotografía dentro de la chimenea apagada y observé cómo nuestros rostros se convertían en cenizas.
Después busqué en el fondo de mi