Mi marido me dejó congelándome durante tres días en una cabaña aislada y después llamó como si nada: “Pide perdón y mandaré a buscarte”. En lugar de obedecer, activé un comunicador que mi familia me había entregado cinco años atrás. Cuando su mayordomo apareció con los documentos del divorcio, estaba seguro de que yo no tenía escapatoria. Hasta que escuchó los motores acercándose…

bolso un pequeño comunicador satelital.

Mi hermano Gabriel me lo había regalado cuando abandoné la casa familiar.

«Si algún día necesitas regresar, aprieta este botón. No importa dónde estés, iremos por ti».

Durante cinco años me había negado a utilizarlo.

Aquella noche presioné el botón rojo.

—¿Valeria? ¿Eres tú? —respondió una voz que casi había olvidado.

—Gabriel… quiero volver a casa.

—Dime dónde estás.

—Mi esposo me dejó encerrada. Tengo mucho frío.

Hubo un silencio.

—Escúchame bien, hermanita. Voy por ti.

Perdí el conocimiento poco después.

No sé cuánto tiempo