bolso un pequeño comunicador satelital.
Mi hermano Gabriel me lo había regalado cuando abandoné la casa familiar.
«Si algún día necesitas regresar, aprieta este botón. No importa dónde estés, iremos por ti».
Durante cinco años me había negado a utilizarlo.
Aquella noche presioné el botón rojo.
—¿Valeria? ¿Eres tú? —respondió una voz que casi había olvidado.
—Gabriel… quiero volver a casa.
—Dime dónde estás.
—Mi esposo me dejó encerrada. Tengo mucho frío.
Hubo un silencio.
—Escúchame bien, hermanita. Voy por ti.
Perdí el conocimiento poco después.
No sé cuánto tiempo