que yo ya tenía su rostro grabado en la memoria.
—Disculpa, ¿podrías quitar el pie de mi reposabrazos?
Se bajó un auricular con fastidio.
—Ni siquiera te está tocando.
—Está sobre mi reposabrazos.
—Mis pies necesitan respirar.
—Pues que respiren en tu asiento.
Sonrió con desdén.
—Es un avión, todos compartimos el espacio. Usa el otro reposabrazos y no molestes.
Se puso de nuevo los auriculares y movió los dedos como quien se despide. Aparté el codo y respiré hondo. Diez minutos después, el pie seguía allí. Cuando el avión