y responsable. Graciela llevaba tres años utilizándolas como si fueran suyas.
—¡Diego, vámonos! —ordenó ella—. Tenemos que llegar a la inmobiliaria antes de las tres.
Entonces Fernanda soltó una risita.
—Ay, mamá, todavía no puedo creer que por fin voy a tener mi departamento. Ya le mandé las fotos a mis amigas.
Sabía que estaban comprando un departamento nuevo, pero hasta entonces nadie había tenido la decencia de explicarme cómo pensaban pagarlo.
Graciela sacó orgullosamente su tarjetero.
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