—Que desapareciera.
Apreté los puños.
—¿Por qué?
—Porque estaba embarazada.
La respuesta cayó como una piedra.
—Ella ya lo sabía.
Isabella asintió.
—Lo supo antes que tú.
Me alejé un paso.
Todo mi cuerpo rechazaba esa posibilidad.
Mi madre.
La mujer que me había criado después de la muerte de mi padre.
La mujer que siempre decía que la familia DeLuca debía protegerse por encima de todo.
—¿Qué te ofreció?
Isabella tardó en responder.
—Dinero.
Sonreí sin humor.
Claro.
Siempre volvía al dinero.
—¿Cuánto?
—Cinco millones de dólares.
Me quedé