inmóvil.
—¿Y qué hiciste?
—Le dije que no.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí algo parecido a admiración.
—Entonces creó las pruebas.
Isabella asintió lentamente.
—Tu madre sabía exactamente qué botones presionar.
—La cuenta falsa.
—La transferencia.
—Los documentos.
—Todo.
Cerré los ojos.
Recordé aquel día.
La carpeta sobre mi escritorio.
La transferencia sospechosa.
Las pruebas entregadas por mi equipo legal.
Nunca vi el origen.
Nunca investigué quién había preparado la información.
Porque confiaba en mi propia gente.
Y sobre todo…
Confiaba demasiado en mi madre.
Salí de la