algo.
—¿Qué?
—Que cuando algo les dé miedo, van a hablar.
Camila observó el pequeño distintivo en su mano.
—¿Aunque un adulto diga que no?
—Especialmente entonces.
Se quedó pensativa.
Después levantó la mirada.
—Cuando entramos a la comandancia pensé que quizá usted no nos iba a creer.
Aquella frase me acompañó durante mucho tiempo.
Porque durante años habíamos hablado de enseñarles a los niños dónde pedir ayuda.
A llamar a emergencias.
A buscar policías.
A contarle las cosas a un adulto.
Pero se nos olvidaba una parte.
No basta