Una niña de 7 años entró empapada a la comisaría sosteniendo a su hermana gemela y dijo: —Mi papá la obligó a beber algo. Luego se quitó el zapato y sacó una jeringa escondida bajo la plantilla. 11 minutos después, una camioneta negra frenó frente a la puerta. La niña miró por el cristal, empezó a temblar y susurró: —Es él. La agente vio al hombre acercarse… y cerró la comisaría con llave.kara

algo.

—¿Qué?

—Que cuando algo les dé miedo, van a hablar.

Camila observó el pequeño distintivo en su mano.

—¿Aunque un adulto diga que no?

—Especialmente entonces.

Se quedó pensativa.

Después levantó la mirada.

—Cuando entramos a la comandancia pensé que quizá usted no nos iba a creer.

Aquella frase me acompañó durante mucho tiempo.

Porque durante años habíamos hablado de enseñarles a los niños dónde pedir ayuda.

A llamar a emergencias.

A buscar policías.

A contarle las cosas a un adulto.

Pero se nos olvidaba una parte.

No basta