porque él fuera tu padre. Decía que eras suya porque yo sabía que él jamás te abandonaría.
Me volví hacia el hombre que había dedicado toda su juventud a criarme.
—¿Lo sabías?
Mi voz apenas fue un susurro.
Él asintió.
—Desde aquella noche.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Mi padre sacó la vieja fotografía de su bolsillo y la miró durante unos segundos.
—Al principio, porque eras demasiado pequeña. Después, porque tenía miedo de que pensaras que no eras realmente mi hija.
—Pero no lo soy —dije, todavía confundida.