era simplemente Alejandro, el señor que sabía construir casitas con cajas, que hacía voces ridículas al leer cuentos y que nunca parecía cansarse de escuchar la misma historia.
Una tarde, mientras jugaban, Sofía preguntó:
—¿Por qué vienes tanto?
Alejandro se quedó quieto.
Mariana observaba desde la puerta.
—Porque me gusta estar contigo.
—¿Y con mi mamá?
Mariana casi dejó caer la taza que llevaba.
Alejandro sonrió.
—También.
La niña pareció satisfecha.
—Bueno.
Y siguió jugando.
Las cosas sencillas eran las que más golpeaban a Alejandro.
Había pasado media vida creyendo