de una pared.
Sofía se asustó con el ruido.
Alejandro no pudo soportarlo.
—Esto es peligroso.
—Ya lo sé.
—Déjame repararlo.
Mariana negó inmediatamente.
—No quiero una casa comprada por culpa.
—No estoy hablando de ti.
Él señaló hacia el cuarto donde Sofía dormía.
—Soy su padre. Durante tres años no aporté un peso porque no sabía que existía. Ahora lo sé. No puedo mirar un techo que puede caerle encima y decir que respeto tu independencia.
Mariana guardó silencio.
Por primera vez comprendió que aceptar ayuda para su hija