si le hubieran regalado un palacio.
Mariana observó a Alejandro sentado en el piso armando un rompecabezas con la niña.
Por primera vez sintió miedo por una razón distinta.
Ya no temía que él entrara en sus vidas.
Temía que volviera a salir.
—Esto no puede durar para siempre —le dijo una tarde.
—¿Qué cosa?
—Tú aquí.
Alejandro la miró.
—Tienes empresas en Guadalajara, oficinas, viajes, gente que depende de ti. Algún día vas a cansarte del rancho, del pueblo, de jugar al papá.
—No estoy jugando.
—Tú entiendes lo