de la plaza mientras la niña perseguía palomas.
—Déjame sentarme cinco minutos —pidió él.
Mariana aceptó sin mirarlo.
Alejandro fue directo.
—¿Sofía es mi hija?
Ella dejó la costura sobre sus piernas.
—Sí.
La respuesta fue tan sencilla que le hizo más daño que cualquier discurso.
—¿Por qué nunca me dijiste?
Mariana soltó una risa amarga.
—¿Dónde, Alejandro? Cambiaste números, direcciones, ciudades. Años antes ya había intentado localizarte y jamás respondiste. Cuando descubrí que estaba embarazada acababan de acusarme de robo. No tenía trabajo, no tenía reputación y no iba