Frente a más de trescientos invitados, Julián me juró lealtad eterna bajo las bóvedas góticas de la catedral más antigua de la ciudad.
Todo había sido orquestado como una fantasía: el vestido de encaje francés hecho a mano, el banquete de siete tiempos en el Gran Hotel Colonial, los flashes incesantes de la prensa de sociales y las lágrimas de alivio de mi madre al verme del brazo del soltero más codiciado del círculo financiero. Julián Alcázar representaba la perfección absoluta: heredero de un consorcio bancario, culto, impecable en sus