modales y atento hasta el delirio durante nuestros dos años de noviazgo.
Llegamos a la suite nupcial del piso veinticinco cerca de las tres de la madrugada. Exhausto por el exceso de champaña y el maratón social, Julián arrojó el saco del esmoquin sobre un sillón, desabrochó su camisa y se desplomó sobre la cama matrimonial, cayendo en un sueño profundo y pesado en cuestión de minutos.
Yo me senté frente al tocador dorado. Me descalcé los tacones y comencé a retirar las horquillas de mi velo con una sonrisa