El equipo de Esteban contactó a la representación consular mexicana y organizó mi traslado para completar el procedimiento de documentación de emergencia.
Me prestaron un teléfono seguro.
Lo primero que quise hacer fue llamar a Rodrigo.
Esteban me detuvo.
—No.
—Tiene a mi hija.
—Y cree que tú no puedes hacer nada. Esa ventaja vale oro durante unas horas.
Apreté los dientes.
—No quiero oro. Quiero a Sofía.
—Entonces déjalo seguir.
No comprendí hasta que me mostró una alerta.
Rodrigo acababa de enviar desde mi correo personal un mensaje al