no me abandonaras.
Saqué mi celular.
Abrí las transferencias.
Sofía vio depósitos para alimentos, ropa, clases, cumpleaños, Navidad y la computadora.
Negó con la cabeza.
—Eso no puede ser verdad.
—Te he mandado dinero todos los meses.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Ella decía que nunca mandabas nada.
Entonces soltó una frase que terminó de romperme.
—Yo te escribía todas las semanas.
—Nunca recibí nada.
Sacó un teléfono viejo.
Abrió el contacto guardado como Papá.
El número era casi idéntico al mío.
Excepto por los últimos 3 dígitos.
Era