cada mes para su alimentación.
Nadie habló.
Coloqué las solicitudes de ayuda escolar.
—También firmaste esto.
Teresa las miró.
—Solo quería que la escuela ayudara.
—Declaraste que yo no aportaba dinero.
Entonces respondió sin vergüenza:
—Si la escuela podía pagarle la comida, ¿para qué desperdiciar tu dinero?
Aquella frase silenció toda la habitación.
—¿Desperdiciar mi dinero alimentando a mi hija?
—Lo utilicé para ayudar a la familia.
Señalé a Sofía.
—Ella también es familia.
—Daniel también lo es.
Mi hermano se levantó.
—¿Mi departamento se pagó con dinero destinado a