Porque por primera vez ninguno de los 2 necesitaba mentir.
Después sonrió.
—Pero regresaste y cambiaste todo.
Años después, cuando Sofía tenía 24 años, me invitó a cenar.
Ya era ingeniera.
Tenía su propio departamento.
Cuando llegó la cuenta, puso su tarjeta encima antes que yo.
—Hoy pago yo.
—Soy tu padre.
—Y yo tengo trabajo.
Los 2 nos reímos.
Después fuimos a su departamento.
En la cocina había un enorme recipiente lleno de pan fresco, manzanas, chocolates y botanas.
Me quedé mirándolo.
Sofía sonrió.
—Todavía me gusta ver comida.